Aviso previo, sin rodeos
En España el FSD Supervised no está homologado. No lo está. La aprobación de la RDW holandesa del 10 de abril de 2026 no convierte automáticamente en legal su uso en carretera española. Quien diga lo contrario — o quien lea mal un titular — está mintiendo o confundiendo un país con un continente.
Yo lo he usado en España igual. No porque un regulador me lo haya permitido. Porque hackeé mi propio Tesla para activarlo. Eso es un hecho. No es una guía. No es una recomendación. Es la única forma en la que pude medir, en el asfalto que piso cada semana, una tecnología que en otros sitios ya rueda y aquí sigue encerrada en el limbo burocrático.
Escribí en abril lo que sentí tras probarlo: una de las mejores experiencias de mi vida al volante. Nivel 2, conductor responsable, ojos al frente, manos disponibles. No es magia autonómica. Es una red de seguridad brutalmente competente. Aquello era la prueba del sistema. Esto es la prueba de España — y de lo absurdo de nuestra regulación.
Del hack al asfalto de verdad
Una cosa es probar FSD en condiciones «limpias» o en rutas donde el tráfico tiene otra gramática. Otra cosa es la primera semana real en carretera española: el mismo sol, las mismas prisas, el mismo carnaval de decisiones humanas que cualquier conductor del Mediterráneo reconoce en dos minutos.
Yo hago casi 140.000 km al año. No hablo de un domingo de prueba. Hablo de llegar a casa después de obras, clientes, atascos y llamadas. Ahí se mide si una tecnología es gadget… o cambio de vida. Y ahí se mide también el coste de que Europa homologue a trompicones: Países Bajos da un paso; España mira hacia otro lado; el conductor que quiere la herramienta se queda entre el papel y el cable.
Lo que funcionó desde el minuto uno
Lo primero que noté — otra vez — fue la desaparición de esa tensión doble: conducir y pensar en el trabajo al mismo tiempo. Con el FSD activo, la llamada con el cliente deja de ser un ejercicio de supervivencia. Sigues pendiente. Sigues siendo responsable. Pero el coche procesa el entorno con una amplitud que el cerebro humano, solo, no iguala.
En autovía, el comportamiento es el que ya conocía: cambios de carril limpios, anticipación a frenazos, gestión de velocidades que no te deja «dormido» en el flotador típico del Adaptive Cruise mediocre. Cuando el coche de delante arranca, el mío arranca casi al instante. Esa física de las colas de serpiente — el retraso humano acumulado — se nota menos. Se nota en el cuerpo: llegas menos machacado.
También se nota en situaciones que en España son pan de cada día: un camión que invade un poco el carril, un coche que frena para mirar un escape, un tramo de obras con conos puestos con fe pero sin geometría. El sistema no improvisa como un local cabreado. Improvisa como un ingeniero: calcula, cede, avanza.
Rotondas: el examen español
Si quieres examinar un sistema de asistencia en España, no lo mandes a un circuito. Mándalo a una rotonda de tres carriles donde nadie sabe qué carril es el suyo.
La primera semana tuve de todo. Rotondas donde el FSD esperó con una paciencia que yo, humano mediterráneo, habría convertido en un bocinazo. Rotondas donde interpretó cesiones de paso mejor que medio carnét recién sacado. Y sí: momentos en los que tuve que retomar el volante porque un humano hizo exactamente lo imprevisible — entrar sin mirar, cortar en diagonal, frenar en medio para «orientarse».
Ahí está la verdad del Nivel 2: el sistema es extraordinario hasta que el entorno deja de ser predecible. España, en rotonda, a menudo deja de serlo. No porque el asfalto sea malo. Porque la gramática social del tráfico aquí incluye la improvisación como derecho adquirido.
¿Fracaso del FSD? No. Fracaso de creer que un comunicado holandés convierte a España en un laboratorio homologado. El FSD no viene a civilizar al conductor español. Viene a sobrevivirlo — y a protegerte mientras lo hace. Aunque, de momento, tengas que entrar por la puerta de atrás.
Obras, peajes y el mapa mental del sur
Otro examen: obras interminables. Carriles que aparecen y desaparecen. Señales provisionales que contradicen al GPS. Peajes donde el flujo humano tiene rituales propios.
En varios tramos el sistema dudó — correctamente — y yo tomé el control sin drama. Eso es exactamente lo que debe pasar. Lo peligroso no es que el coche te pida ayuda. Lo peligroso es el conductor que cree que «hay software» significa «puedo mirar el móvil».
Yo no miro el móvil. Nunca con FSD. Da igual que lo hayas activado de forma oficial o no: sigues conduciendo. Lo que cambia es la calidad de esa conducción. Es la diferencia entre remar solo en tormenta y remar con un motor que entiende el oleaje.
Lo que nadie te cuenta: el efecto psicológico
Después de una semana intensa, me pasó otra vez lo que ya había descrito: conducir yo del todo me da una sensación incompleta. No miedo irracional. Incompletitud. Como pasar de una herramienta de precisión a hacerlo a ojo.
Eso tiene un lado bueno y un lado peligroso.
El lado bueno: sube tu listón de seguridad. Empiezas a notar lo torpes que somos los humanos procesando tráfico trasero y lateral a la vez. El lado peligroso: puedes volverte arrogante con el sistema, o adicto a la asistencia. La disciplina es la misma de siempre — ojos, atención, responsabilidad — solo que ahora el listón técnico es más alto y el listón moral tiene que subir con él. Sobre todo cuando sabes que lo que estás usando aún no tiene permiso en tu país.
Holanda aprueba. España espera. Yo hackeo.
Hay una ironía que me gusta señalar — y esta semana la he vivido en carne propia. Europa tarda años en homologar. Cuando por fin un país da el paso, el resto del continente no se entera automáticamente. Países Bajos tiene un marco. España, de momento, no. El software, en cambio, ya sabe conducir por la A-7 mejor que medio carnét de hace diez años.
El FSD no «resuelve España». España es el stress test. Y tras la primera semana, mi veredicto sigue siendo el de abril, solo que más afilado y más cabreado: para quien hace decenas de miles de kilómetros, esto no es un extra cool. Es infraestructura personal. Infraestructura que aquí todavía te obligan a conseguir por la vía fea.
Te devuelve energía. Te cambia la llegada a casa. Te hace menos vulnerable al error humano ajeno — que es, estadísticamente, el que más te mata. Y todo eso mientras el papel oficial te dice que todavía no.
Condiciones que no voy a romanticizar
Sigue siendo Supervised. Sigue habiendo alertas. Sigue habiendo tramos donde lo correcto es desactivar y conducir. Sigue siendo, en España, uso no homologado. No voy a fingir que hackear el coche es lo ideal. Es el síntoma de un continente que regula a medias: celebra el titular en Holanda y deja al resto mirando el software desde fuera.
Nada de eso cancela el avance técnico. Cancela la fantasía de que «Europa ya lo tiene». Y yo prefiero el avance sin fantasía: un coche que en la A-7 me deja llegar a una reunión con la cabeza clara, y que en una rotonda de Elche me obliga a retomar el volante cuando un humano decide que las normas son opcionales — aunque yo haya tenido que abrir esa capacidad a martillazos digitales.
Cierre de la semana 1
La semana 1 en carretera española no me ha bajado el entusiasmo. Me lo ha aterrizado. Y me ha enfadado un poco más con la burocracia.
El FSD funciona. España es real. La homologación española, de momento, no. Juntos producen una experiencia que no cabe en un comunicado de la RDW: brillante en autovía, exigente en rotonda, reveladora en obras, transformadora en el cansancio de fin de día — y legalmente todavía en tierra de nadie.
Si haces pocos kilómetros, puede parecerte un juguete caro. Si haces los que hago yo, sabes que el futuro no era un render en un keynote. Era esto: un martes de julio, tráfico denso, sol de levante, manos disponibles, ojos al frente — y un sistema que ya podría acompañarte en tu propio país… si el papel se decidiera a alcanzar al asfalto.
No escribo esto para que nadie copie el hack. Escribo esto para que quede claro el diagnóstico: la tecnología útil no debería obligarte a saltarte al regulador para existir. Se homologa, se usa, se mejora. Y se deja de perder el tiempo. España, en FSD, todavía está en el paso cero.