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Blog · 25 de octubre de 2026 · 12 min de lectura

Encapuchados saquearon Barcelona. Europa prohíbe las cámaras y pone a un hombre delante de la piedra

Sábado 24 de octubre: saqueos en Barcelona, piedras en París, Milán blindada. El método es taparse la cara. Europa regula el reconocimiento facial, el dron y el banner, y manda a un policía a que le tiren una piedra. Sin cara no hay juicio ni expulsión.

El sábado 24 de octubre de 2026, unos cientos de jóvenes encapuchados y de negro saquearon el centro de Barcelona. Plaza Catalunya, las Ramblas, 23 comercios, 33 incendios, 128 detenidos — más de la mitad menores —, 15 policías heridos, cuatro graves. Gente atrapada dentro de El Corte Inglés con la persiana bajada. Europa, esa misma noche, tenía a París y Marsella otra vez con piedras, y a Milán blindada con paracaidistas. El método es el mismo: taparse la cara y tirar. La respuesta europea es la misma: un hombre de carne delante de la piedra, y un reglamento que trata el reconocimiento facial como si fuera el problema.

Hace cuatro días escribí que Europa regula el banner de cookies y no el apagón de un banco. El sábado el patrón se repitió en la plaza. Regulan el dron. Regulan la cámara. Regulan «dónde están los datos». Y mandan a un mosso, a un CRS, a un carabiniere, a que le partan la cara un menor con passamuntanyes que se organizó por TikTok.

1. Barcelona, un TikTok y un passamuntanyes

La convocatoria se llamó «Blocus Barcelona» e «Institut Indignats». Copia del movimiento francés Lycéens Indignés. Carteles anónimos en TikTok desde el 20 de octubre, códigos QR a WhatsApp, luego Telegram e Instagram, instrucciones de saqueo. Newtral había visto más de veinte perfiles el viernes, anunciando también Madrid, Valencia, Alicante y Bilbao. Los Mossos monitorizaron las redes y calcularon 300 personas e incidentes leves. Llegaron 500 o 600. A las seis de la tarde empezó. A las siete y media ya no era una protesta.

Negro. Capucha. Piedra. Escaparate. Contenedor. Barricada. Un furgón. Otro escaparate. Ropa, electrónica. 68 actas por armas blancas, sprays, passamuntanyes, pirotecnia y piedras. 450 identificados. 128 detenidos: 122 hombres, seis mujeres, 72 menores. Solo dos tenían antecedentes por desórdenes. Una veintena, por otras cosas. La consellera Núria Parlon lo dijo sin teatro: violencia gratuita y vandalismo. No era la acampada de la vivienda. No era un derecho. Era un saqueo con lema de instituto.

Collboni promete personarse y cobrar a los padres. Illa dice que la violencia no tiene cabida. Ya. El comercio del centro, el que baja la persiana con clientes dentro, ya sabe lo que cabe y lo que no. Lo que no cabe es que en 2026 un grupo convocado por un móvil anónimo convierta la plaza en un coto de caza y se vaya a casa con la cara tapada.

2. Francia: el original, dos sábados seguidos

Barcelona no inventó nada. Copió.

El 17 de octubre Francia se incendió de verdad. 2.628 detenidos. 1.522 comercios. 1.144 agentes heridos. 2.025 incendios. Toques de queda. Soldados de Sentinelle. RAID, GIGN, helicópteros, Centaures. El Ayuntamiento de Limoges, quemado. El primer ministro prometió un dispositivo «masivo» para el sábado siguiente.

El 24, 70.000 policías. 10.000 más que la semana anterior. 410.000 personas según Interior, 800.000 según la CGT. La marcha, en gran parte, fue una protesta. Al anochecer, otra vez los 500 encapuchados en París, gas y cañón de agua. En Marsella, dos joyerías. Lyon, Burdeos, Grenoble, Lille, Rennes, Nantes, Toulouse. Balance: 1.314 detenidos, 24 comercios saqueados, 53 policías heridos, 75 incendios. Mejor que el 17. Sigue siendo una noche de guerra urbana con uniformes de carne.

El ministro del Interior, Laurent Nuñez, acusó a la ultrizquierda y a las bandas de aprovechar el desorden para robar. Gérald Darmanin anunció que identificarán a los saqueadores con reconocimiento facial sobre el fichero TAJ y sobre TikTok, Instagram y Discord. Es decir: después. Cuando el escaparate ya está en el suelo. Cuando el policía ya está en el hospital. Europa permite el reconocimiento a posteriori, con papeleo. El tiempo real, en la plaza, es el que el reglamento trata como tabú.

3. Italia: 500 paracaidistas y aún así

Milán el 17 dejó casi 200 agentes heridos y un millón de euros de daños solo en la ciudad. Meloni mandó 500 paracaidistas de la Folgore hasta fin de año, un delito nuevo de participación violenta en manifestación, más plazas en menores, responsabilidad de los padres. Salvini pidió Lince y drones. El sábado 24, Milán amaneció de madera en los escaparates y 1.300 militares de Strade Sicure. Diez mil personas en corteo. El centro, cerrado. Hubo porras en corso Venezia. No hubo el saqueo de la semana anterior.

El balance nacional: 4.292 identificados, 371 llevados a comisaría — 110 menores, 69 extranjeros —, 87 denunciados, 9 detenidos. Meloni: «Curioso que a la izquierda le preocupen más los militares que los violentos». Piantedosi: se acabaron las zonas francas. Italia, de los tres, es el único que ha subido un escalón. Sigue siendo un escalón de hombres. No de sistema.

Dije la semana pasada que Europa regula demasiado y castiga mal, y que las medidas italianas no eran las que mucha gente — yo incluido — habría querido. El sábado lo confirmó. Italia contuvo. Francia contuvo a medias, con un ejército de policías. Barcelona no contuvo: subestimó un TikTok y puso a 210 antidisturbios a recoger piedras.

4. El capucho es el método

No es folklore. Es ingeniería de impunidad.

Te tapas la cara. Tiras la piedra. Sales en todos los vídeos y en ninguna ficha. El passamuntanyes, la capucha, la máscara, el velo integral: distintos disfraces, la misma función. Que una cámara no te ponga nombre. En un disturbio, el negro y la capucha son el uniforme. En la calle, cualquier cobertura que borre la cara convierte un delito en un fantasma. Francia prohibió el velo integral en vía pública en 2010 por una razón que no era teológica: un Estado no puede convivir con ciudadanos innombrables. El resto de Europa sigue discutiendo si nombrarlo es de mal gusto. El sábado en Barcelona no era un debate religioso. Era un QR, un Telegram y un passamuntanyes decomisado en una acta.

Quien va encapuchado a romper un escaparate no ejerce un derecho. Se fabrica una coartada óptica. Y Europa, que obliga a cada web a preguntarte si aceptas las cookies, no obliga a nadie a mostrar la cara cuando parte un comercio.

5. La cara, el infrarrojo, la prueba

El reconocimiento facial no es magia negra. Es una cámara, un modelo y una base. En 2026 lo usa medio mundo para abrir el teléfono. Europa, el 2 de agosto, puso en plena aplicación el AI Act: identificación biométrica remota en tiempo real, en espacio público, para la policía, prohibida por defecto. Excepciones estrechas — desaparecidos, amenaza inminente a la vida, terror, delitos graves de más de cuatro años — con autorización judicial previa. El análisis a posteriori es «alto riesgo», no un tabú, y aun así no puede ser un barrido sin objetivo. La Agencia de Derechos Fundamentales de la UE acaba de recordar a los Estados que no lo conviertan en rutina.

Rutina es exactamente lo que hace falta cuando 600 encapuchados convierten una plaza en un saqueo. No para espiar a quien compra el pan. Para que el que tira la piedra tenga nombre antes de llegar al metro. Una cara es una prueba en un juicio. Una cara es un expediente de expulsión, cuando toque. Sin cara, el menor vuelve a casa, el extranjero sin derecho se disuelve en la noche, y el comercio paga el cristal.

El infrarrojo no es un capricho. De noche, con capucha, con humo, con la plaza a oscuras, la cámara visible se rinde. La térmica ve el cuerpo. El reconocimiento por la marcha, por silueta, por el segundo en que se bajan la capucha en una boca de metro o delante de un cajero: eso existe. No hace falta rayos X a través de un velo. Hace falta no diseñar el sistema para que un trozo de tela gane. Cámaras en el perímetro, en el acceso, en el instante en que el disfraz deja de servir. Y sí: quien cubre la cara para delinquir debe perder el beneficio de esa cobertura. Lo contrario es regalar el anonimato al que rompe.

Italia ha transpuesto el AI Act en un decreto de septiembre. El Garante de la Privacidad ya ha puesto peros. Francia usa el reconocimiento después, sobre fotos de redes, y aun así hay quien lo denuncia como tropelía. España, de momento, manda antidisturbios. El orden de prioridades europeo es este: primero el dictamen, luego el cristal.

6. El dron, prohibido cuando hace falta

Un dron sobre plaza Catalunya el sábado habría visto los grupos, las barricadas, quién rompía y quién filmaba, en tiempo real, sin poner a un hombre a diez metros de la piedra. Europa tiene reglamento EASA para que un particular no vuele sobre tu jardín sin permiso y avise a Interior con cinco días. La policía opera en un régimen aparte, y aun así cada ciudad, cada autoridad de protección de datos, cada juez de guardia convierte un vuelo de orden público en un expediente. Salvini pidió drones para Milán. Pedirlos es fácil. Tenerlos sobre la plaza, en el minuto del saqueo, es lo que Europa ha hecho difícil a propósito.

El resultado es grotesco. Frontex y las fronteras se llenan de drones con fondos europeos. El centro de Barcelona, el sábado, se cubrió con 210 hombres de la Brimo. El cielo, vacío. El que se organiza por Telegram tiene mejor vista de la ciudad que el Estado.

7. Optimus, RoboCop, y quién se come la piedra

El miércoles, Tesla anunció que ya salen de la línea de Fremont los primeros Optimus de calidad de producción. Robots para trabajo peligroso, repetitivo, las 24 horas. Entregas a clientes externos, si todo va bien, a finales de 2027. No es un policía. Todavía no. Es una máquina a la que se le puede pedir que entre donde a un hombre le parte la cabeza una losa.

Quien no haya visto un Optimus que se haga una idea: un humanoide que no sangra, que no tiene hijos en casa, que no rellena un parte de lesiones. RoboCop era una película. La tesis no lo era: hay sitios donde el primero que llega no debería ser un hombre de 28 años con un sueldo público y un casco. Hay sitios donde la piedra tiene que encontrar metal.

Europa, si sigue el manual, regulará al robot de orden público como ha regulado la cámara y el dron: primero el dictamen, luego el miedo al precedente, luego la prohibición de facto. Mientras tanto, el 24 de octubre, cuatro mossos graves. 53 policías franceses. Casi 200 italianos la semana anterior. El Estado pone carne. El encapuchado pone tela. La tela gana la noche y pierde, a veces, el lunes en comisaría, si alguien le ha bajado la capucha a tiempo.

No pido un ejército de robots disparando en las Ramblas. Pido que deje de ser un tabú poner máquina donde hoy ponemos pulmón. Un dron. Una cámara que nombra. Un humanoide que aguanta el primer impacto. El policía, detrás, para detener a alguien que ya tiene cara.

8. Europa no volverá a ser Europa con un banner

Europa se ha especializado en el derecho a no ser visto. El derecho a la cookie. El derecho a que tus datos no viajen. El derecho a taparte la cara. El derecho a que un algoritmo no te nombre en la plaza. Cada uno de esos derechos, en abstracto, se puede defender. Juntos, el sábado, producen esto: un comercio destrozado, un cliente encerrado, un policía en urgencias, un menor que mañana está en clase, y un hilo de Telegram que ya convoca la siguiente.

La tecnología que haría el trabajo existe. Cámaras. Infrarrojo. Reconocimiento. Drones. Robots que Tesla acaba de empezar a fabricar para no mandar a un operario a un sitio que mata. Europa la tiene en el laboratorio y la tiene atada en el BOE. El AI Act, EASA, la AEPD, el Garante, la CNIL: un archipiélago de vetos. El que tira la piedra no rellena un impacto de privacidad.

Italia ha dado un paso: militares, delito nuevo, padres que pagan. Francia ha dado un paso: 70.000 uniformes y reconocimiento a posteriori. España, anoche, dio el paso de siempre: condenar, personarse, y contar detenidos al día siguiente. Ninguno de los tres ha dado el paso que importa: que taparse la cara para romper deje de funcionar.

Sin cara no hay juicio que valga. Sin cara no hay expulsión que se sostenga. Sin dron y sin cámara, el policía es el sensor, y el sensor sangra. Quien quiera Europa otra vez — calles por las que se camina, comercios que abren el lunes, un Estado que nombra a quien le pega — va a tener que usar la tecnología que ya tiene. O seguir mandando hombres contra capuchas, y escribir comunicados al amanecer.

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