Dos Europas en el mismo día
Un día cualquiera de este julio puede empezar así: activo FSD en un tramo de autovía — real en mi coche, no homologado en España, parte de mi vida tras la aprobación holandesa de la RDW y una semana dura en carretera española hackeando el Tesla — y llego a una reunión donde el tema no es el futuro de la movilidad. El tema es un contador.
Un contador que no llega. Un aumento de potencia que cuesta un ojo de la cara. Un expediente de conexión que lleva meses «en trámite». Una amenaza de corte sobre una luz de obra que nunca debió eternizarse. Una fábrica a la que le dicen que para crecer necesita una derrama de seis cifras… o que espere.
Misma mañana. Misma Unión Europea. Dos civilizaciones administrativas.
Lo que Europa sí sabe hacer: regular lo mediático
No voy a fingir que homologar FSD era trivial. No lo era. Había seguridad, responsabilidad, estándares, evidencia. La RDW hizo un trabajo serio: kilómetros, escenarios, condiciones, informes. Eso merece respeto.
Pero observad la energía política que despierta un coche que «casi conduce solo». Titulares. Debates. Comisiones. Fabricantes europeos nerviosos. Reguladores en el centro de la foto. Es el tipo de problema que Bruselas entiende: visible, tecnológico, geopolítico, con narrativa.
El contador no da titulares. El contador es prosa. Es un técnico, un cable, un transformador, un boletín, un visado, una cita previa, un portal que se cae, un correo sin respuesta. El contador no sale en la foto de la innovación europea. Y por eso se pudre.
Lo que Europa no sabe hacer: la física aburrida
Llevo años documentando casos donde la red no era la respuesta — o llegaba demasiado tarde. Casa sin luz por deudas ajenas. Fábrica contra un presupuesto obsceno de refuerzo. Familia bajo amenaza de corte con contrato provisional. En todos ellos, la solución llegó antes que la administración eléctrica: baterías, híbridos, peak shaving, autonomía parcial.
No porque seamos magos. Porque el cuello de botella no era el silicio de los paneles: era el papel del contador.
Europa habla de transición energética, de electrificación, de bombas de calor, de coche eléctrico, de industria verde. Todo eso exige una cosa aburridísima: que la red y sus gestores operen en tiempo humano. Sin eso, la transición es un PowerPoint.
El coche autónomo y el contador: la misma enfermedad
La burocracia europea no es solo lenta. Es selectiva.
Acelera — a su manera — cuando el tema es reputacional y competitivo frente a EE.UU. o China. Se detiene cuando el tema es el mantenimiento prosaico del Estado: conexiones, permisos, ventanillas, bancos que no integran, cookies infinitas, citas previas imposibles. Ya escribí sobre ese desgaste: el que te roba salud a cucharaditas y luego se pregunta por qué el continente pierde vitalidad.
El FSD tardó años en entrar. Escandaloso, sí. Pero al menos hubo un camino, una agencia, un expediente que alguien empujó hasta el final. El contador de mi cliente industrial, en cambio, no tiene narrativa. No hay «aprobación histórica». Solo hay espera. Y la espera, en una pyme, es pérdida: de producción, de margen, de gente.
Priorizar lo sexy es una decisión política
Cuando un continente regula con fervor el software del coche y tolera el colapso operativo de lo básico, está diciendo qué tipo de modernidad quiere aparentar.
Quiere aparentar futuro. Quiere aparentar control. Quiere aparentar que lidera la ética de la IA y de la autonomía. Mientras tanto, el ciudadano electrifica su casa y descubre que el cuello de botella no es la ética: es un gestor de red que no contesta.
Yo no pido menos seguridad en el coche. Pido la misma seriedad operativa para el contador. Plazos máximos reales. Responsables con nombre. Silencio administrativo que no sea estrategia. Conexiones que no cuesten una ruina porque «así es el sistema». Un mercado eléctrico donde ampliar potencia no sea un viacrucis feudal.
Si Europa puede exigirle a Tesla cientos de requisitos, puede exigirle a sus propias distribuidoras algo más simple: que funcionen.
Lo que hago mientras Europa se decide
Mientras llega esa seriedad — si llega — yo hago lo de siempre: diseñar para que el cliente dependa menos del trámite.
Si la red no llega, aislamos con cabeza. Si la red llega pero castiga los picos, hacemos peak shaving. Si la luz de obra es un chantaje administrativo, blindamos con híbrido y batería. Si el presupuesto de refuerzo es una toma de pelo, buscamos la arquitectura técnica que lo vuelva irrelevante.
Eso no es antisistema. Es supervivencia. Es la misma lógica que me hizo valorar el FSD: la tecnología buena te devuelve soberanía. Te quita dependencia de un cuello de botella humano o institucional que no tiene prisa.
El coche asistido me devuelve atención y energía en la carretera. El sistema solar bien diseñado le devuelve al cliente independencia frente a una distribuidora sorda. Son dos caras de la misma idea: no esperes eternamente a quien no te necesita a ti.
La pregunta incómoda
¿De qué sirve un continente que homologa el coche del futuro si no es capaz de enchufar el presente?
¿De qué sirve hablar de reindustrialización si una nave espera ocho meses un aumento de potencia?
¿De qué sirve electrificar la movilidad si el punto de carga depende de un expediente que nadie prioriza porque no sale en el telediario?
Europa no tiene un problema de talento. Tiene un problema de jerarquía de atención. Atiende lo que brilla. Desatiende lo que sostiene.
Cierre
Yo seguiré usando FSD donde proceda, con disciplina, sin fingir que en España ya sea legal — porque no lo es. Y seguiré instalando soluciones que reduzcan la dependencia del contador imposiblemente lento. No veo contradicción. Veo el mismo diagnóstico dos veces: Europa celebra lo sexy y abandona lo básico.
Europa ya demostró que puede regular lo complejo cuando quiere. Ahora tiene que demostrar que puede operar lo simple cuando hace falta. Porque el futuro no se mide solo en homologaciones históricas. Se mide en si, el martes por la mañana, la fábrica tiene luz, la casa tiene potencia y el expediente no es un agujero negro.
El coche autónomo ya tiene fecha en el calendario europeo. El contador, en demasiados casos, sigue sin tenerla. Y esa asimetría — más que cualquier banner de cookies — es el retrato exacto de un continente que se mira al espejo del futuro… mientras tropieza con el cable del presente.